por Mario Vargas Llosa, Alfaguara 2006

Como dijo Woody Allen una vez, “El corazón quiere lo que el corazón quiere”. Y aunque tal vez él dijera esto como un pretexto para explicar su relación escandalosa con Soon-Yi Previn, la hija adoptiva de Mia Farrow, su novia en los años noventas, es la única explicación posible para dar sentido al amor del protagonista de la más reciente novela escrita por Mario Vargas Llosa, Travesuras de la niña mala.

Es el cuento del amor sin limites de Ricardo Somocuricio, un traductor Peruano que habla cuatro idiomas, por ‘la niña mala’, una camaleona infiel y mentirosa, cuya identidad y nombre cambia con cada encuentro entre los dos durante las tres décadas en que Ricardo persigue y ama a esta mujer.

Ricardo es un huérfano sin hermanos, criado por su tía después de la muerte de sus padres. A le edad de catorce años él encuentra a la niña mala por primera vez, una Peruana que se hizo pasar por Chilena, en Lima, Peru, en el ‘verano fabuloso’ de Ricardo, un verano de fiestas sin fin y la época de su primer encaprichamiento. Y a pesar de la falta de afecto y fidelidad por parte de la ‘niña mala’ en los años siguientes, sus traiciones repetidas y sus mentiras, Ricardo la ama y la persigue por varios de las capitales del mundo – por París, donde ella vive como esposa de un diplomático aburrido; por Londres, donde ella adopta el papel de la esposa de un caballero rico; por Tokio, donde ella vive como esclava sexual de un empresario recóndito; y por Madrid, donde ella pasa los últimos meses de su vida.

Por suerte Ricardo casi nunca sufre de celos, porque justo como él realmente nunca posee el corazón de la niña mala, ningún otro hombre es capaz de capturar su corazón tampoco.

La única ambición de la vida de Ricardo, salvo conquistar a la niña mala, es vivir en París, lo cual logra a una edad joven. Es aquí donde su verdadero amor empieza con su segundo encuentro con la niña mala, un encuentro por pura casualidad que resulta por su participación con elementos revolucionarios clandestinos. Es aquí cuando la historia central de su vida empieza, una vida interna de deseo y anhelo. Y así empiezan décadas de frustración y soledad por parte de Ricardo que nunca aprende cómo, ni tiene ganas de, amar a otra persona, y quien acepta la frialdad y distancia emocional del obscuro objeto de su deseo, a pesar de todo. Pero uno tiene que admirar la fuerza del amor de Ricardo, un amor siempre listo para perdonar, que acepta a la otra como es, que no tiene exigencia alguna.

Como dijo una critica de la novela, el cuento “es una admirable tensión entre lo cómico y lo trágico”, y muestra el amor como “el dueño de mil caras” – “pasión y distancia, azar y destino, dolor y disfrute”. Y yo no dudo en añadir, una explicación de amor como masoquismo eterno.