por Hector Aguilar Camín

Justo Adriano Alemán, abogado, historiador, profesor y escritor, amó solamente cinco mujeres en su vida. No es una suma grande, según su propia opinión, y en las historias de amantes famosos, no es una cifra alta ni admirable. Pero lo que separa a Adriano del hombre común, es que amaba a las cinco mujeres, todas, al mismo tiempo, por años.

Las amaba a cada una como una muestra de amor distinta y única, y gozaba a cada una por sus encantos de cuerpo y de índole propia. Decía que nunca engaño a ninguna de sus amores porque amaba cada una en una manera diferente. Cada mujer era un ser diferente, con sus propios dones, y ninguna de las mujeres competía con ninguna de las otras – no se puede intercambiar una por otra. Y, como dijo él… “No me sentía infiel ni charlatán por el hecho de ocultar a mis mujeres la existencia de las otras. Yo lo justificaba dentro de me como un acto de cortesía. La moral de la infidelidad es la discreción. Querer a una no me hacía querer menos a la otra y en un sentido no las engañaba dando a otras lo que no podía dar sólo a una.”

Dijo que no quería más de cinco amantes porque sólo una más le hubiera abrumado y le hubiera quitado la posibilidad de las otras.

El cuento de su vida es la historia de estos cinco amores. Las mujeres eran Regina Grediaga, su primer amor a quien perdía muchas veces y conquistaba de nuevo; Carlota Besares, una mujer que tenía diez años más que él y quien era su maestra respecta al mundo carnal; Ana Segovia, que tenía una pasión jacobina y a quien Adriano admiraba por la naturaleza ontológica de sus nalgas – la encarnación de la idea platónica de las nalgas – y quien fue su primera y única esposa; Maria Angélica, abogada y historiadora, quien bajo su apariencia exterior de poco agradecida quedaba riquezas – una mujer infinitamente mejor desnuda que vestida, “con ojos grandes que sólo encendía sus tonos invitadores a la luz del día y quien tenía bajo sus prendas sin talle una abundancia de escultura griega”; y Cecilia Miramón, una estudiante de él en la universidad, increíble por la dureza de sus carnes, “la rapidez de sus glándulas,” y la flexibilidad de su cuerpo; una mujer “generosa con su cuerpo y universal en sus deseos.”

La historia de Adriano y sus mujeres es como un diario de un viaje en el extranjero, con comentarios sobre los lugares de interés y la comida interesante, salvo que las mujeres son la comida, cada una un platillo de riqueza. Aunque los detalles de sus encuentros son a veces gráficos, el cuento no es pornográfico sino que sensual. Y lo que destaca es la alegría, el placer y la felicidad que Adriano experimentaba por estas mujeres.

Al final perdió a todas al mismo tiempo como las piezas de un juego de dominó – con la caída de la primera, cayeron todas. Pero las conquistó de nuevo, poco a poco.

Adriano tuvo una vida que cualquier otro hombre puede ver con envidia, tanto por la riqueza de su vida carnal como por la profundidad y satisfacción de sus amores.